sábado, 26 de junio de 2010

Tierra madre

Tierra madre creadora. Me permitiste existir, y me dejaste sola sobre un terreno llano. Poco a poco las montañas se levantaron alrededor mío. La creación se hacía visible ante mis ojos, la vida y la magnificencia de tus milagros me conmovían tanto como me encerraban.
En ese lugar ajeno al llanto me cuidaste hasta que ya no cabía, y me diste un río por donde seguir, me diste el viento y la luz, las estrellas, que me guiaran. Solo dijiste que haga la balsa, que haga el bote, que me esfuerce si quería seguir. Lo hice, varias veces me hundí, y casi llego a ahogarme. El frió y el hambre no fueron insoportables pero no los voy olvidar.
Madre creadora, ¡me permitiste llegar detrás de los colosos solo para encontrar un desierto! Que crueles deseos creí que te empujaban a hacerme daño, o quizás mi desolación era la recompensa de mi perfecta desobediencia.
Camine, y camine, me enoje, te odié a vos y a cada muerto que al mirar alrededor había quedado en el camino, y más aun a los que estaban menos cansados que yo en el desierto
Nadie caminaba para mi dirección, veía adelante un terreno verde, arriba en la meseta, pero después de largo tiempo creí que el espejismo no era más que eso. Nadie iba conmigo, los que me acompañaban, o desertaban o me decían que no, que lo que veía no era cierto y me dejaban sola, ahí, bajo pleno so. ¡Madre! Sabes como es, vos lo creaste, como, que odio tan profundo, que dolor conmovió tu perfecta alma para crear terreno tan cruel y vil, donde la realidad es santa y los milagros se daban en la imaginación, y cuantos oasis fueron solo eso, y de otros cuantos bebí, sin darles importancia.
Pero porque madre creadora, vida del mundo me lastimaste, por que cruzaste en mi camino solo transeúntes, porque, porque tantas veces los franceses e ingleses atacaron a los tuareg alrededor mío y yo sin escape ni culpa Salí lastimada. Que hice, en que te ofendí,
Tierra, sol, luna, pasto sangre de nuestro mundo. Se que no me heriste, se que todo fue por algo, y al descansar sobre un cactus que tan fielmente me acompañaba supe que todo fue para el futuro, aunque no podía superar el echo de temer que la interminable sed que me lijaba por dentro me matara antes de llegar.
Ahora me acompañan, el terreno se hizo mas sinuoso, y parece que los dos veíamos el mismo espejismo, pero, por miedo y por pasado y por ese futuro, me encuentro feliz, y como nunca en la vida comienzo a ver la belleza del desierto, aquí la luna y el sol se ven mas grandes que en ningún lugar, madre, gracias, te pido que solo me permitas un milagro, caminar con menos miedo.

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